2 de enero de 2019

Ermita del Calvario - San Juan - Alicante - España



Ermita del Calvario - San Juan - Alicante - España
año 2017













Durante el siglo XIX, el paso de las tropas francesas por la provincia dejó numerosas cicatrices, tanto en nuestra geografía física como en nuestro sustrato emocional. Constancia de ello deja la placa emplazada en el interior de la ermita Calvari, cuyo texto en valenciano recuerda los nombres de los 29 vecinos de Sant Joan d’Alacant, asesinados por las tropas napoleónicas el 21 de abril de 1812, durante la Guerra de la Independencia. Aquel episodio también terminó con el saqueo de la edificación y la pérdida de imágenes de gran valor.
Pero la ermita también sufrió su calvario durante la Guerra Civil española. En 1936 fue asaltada, se quemaron sus puertas y desaparecieron los casetones del vía crucis. Afortunadamente, antes del ataque, los propietarios de la ermita rescataron las imágenes del interior, llevándolas a un lugar seguro del cementerio. Una vez terminó la guerra, la ermita fue reparada y se reconstruyeron los casetones.
En la década de los sesenta la ermita atravesó por un periodo de abandono que culminó con un fuerte deterioro del inmueble y la desaparición de los casetones del vía crucis, pero finalmente en el año 2007 el ayuntamiento procedió a su restauración. Durante aquellas obras se encontró un proyectil de plomo que data de la Guerra de la Independencia. Finalmente la ermita se inauguró en 2009. En el año 2012 se colocó la placa en memoria de los santjoaners asesinados por las tropas napoleónicas en 1812.
El conjunto monumental presente en el monte Calvari, con sus ermitas, aljibes, balsas de riego, sus vistas a los hitos geográficos alicantinos, el cementerio y la torre de defensa, constituye uno de los focos de atracción más importantes de Sant Joan d’Alacant

http://www.turismosantjoan.es/ermita-calvari/



Imágenes La Ermita del Calvario en estado de abandono y en proceso de rehabilitación 




Vista del Cementerio Municipal de San Juan desde la Ermita del Calvario
San Juan - Alicante - España



Antigua cúpula de la Capilla del Cementerio de San Juan - Alicante - España


 El primitivo cementerio de Sant Joan estuvo siempre situado junto a la iglesia. En el siglo XIX se trasladó a su actual emplazamiento en la partida de La Coix, a los pies del monte Calvari, sin que sepamos la fecha exacta de este hecho, si bien sabemos que en 1885 se realizaron importantes obras en el cementerio. La última reforma tuvo lugar a principios de este siglo, incluyendo en el perímetro uno de los antiguos aljibes que había en la faldas del Calvario. Aún se pueden contemplar interesantes panteones de finales del siglo XIX y principios del XX.

El ritual funerario actual es muy simplificado, pero hasta no hace mucho tiempo era muy tradicional con raíces muy antiguas. Según la posición económica del difunto la celebración sería distinta, reflejándose especialmente en el cortejo fúnebre presidido por una artística carroza decorada con terciopelos con flecos y bordones dorados y tirada por caballos empenachados y engualdrapados en la que se depositaba el féretro. Existía un dicho popular que decía: ‘quant més rics, més animals’, que resumía con un tono satírico la diferenciación social de los fallecidos según el número de caballos que tiraban de la carroza fúnebre. Aquel desfile lo abría la cruz y detrás de él participaban el clero y el pueblo, efectuándose tres paradas en el recorrido. También podían incluso participar lacayos con espadas y libreas sobre sus hombros escoltando la carroza.
Sin embargo, en la mayoría de los casos los entierros eran de gente humilde y por tanto muy sencilla. Cuando moría alguien se preparaba en una estancia de la casa el velatorio con el ‘cuerpo presente’ mientras las campanas comenzaban a anunciar al pueblo el deceso. El fallecido era velado noche y día en la casa a la que asistían familiares, amigos y curiosos, hasta el momento de su traslado a la iglesia para el funeral, cuando acudían los sacerdotes que iniciaban el responso. Desde allí marchaban los hombres hacia la iglesia portando el féretro, mientras que las mujeres permanecían en la casa iniciándose los rezos que podían durar varios días. Tras la ceremonia fúnebre, se volvía a organizar el cortejo desde la iglesia hasta la finca La Concepción, donde se deshacía la comitiva y los asistentes despedían a los familiares del difunto con el pésame. Desde allí, quienes lo deseaban continuaban hasta el cementerio donde el difunto era inhumado.
Caso curioso representa la liturgia de los ‘mortitxolets’, ‘albaets’ o niños fallecidos. Era una celebración triste que sin embargo, revestía de un ritual festivo al tratar de simbolizarse la muerte de los pequeños en pureza e inocencia y su paso directo al cielo, supuesto motivo de alegría. En el siglo XIX especialmente, y parte del XX se generalizó este tipo de celebraciones que incluían danzas y banquetes en torno a la vela y entierro de los niños, y el funeral en la iglesia seguía una liturgia de gozo en acción de gracias. Cuando el cortejo fúnebre llegaba a la salida del pueblo camino del cementerio, la fórmula típica en Sant Joan d’Alacant para dar el pésame era: ‘Sea enhorabuena’, a modo de felicitación por el ascenso del alma del niño o niña al cielo, aunque pueda sonar a guasa y sarcasmo.

¿Sabías qué…?
En Sant Joan d’Alacant coincidiendo con la fiesta de Todos Santos y fieles difuntos se celebró hasta los años sesenta el ‘Quixalet’. Consistía en un almuerzo para los monaguillos y campaneros para reponer fuerzas del largo trabajo que suponía permanecer durante horas en el campanario y tocar los numerosos toques de difuntos y almas que se sucedían esos días. Como muestra, el día 1 de noviembre los toques transcurrían desde las cinco de la tarde hasta últimas horas del día, y el día 2, dedicado a las Almas, desde las cuatro de la mañana, cuando comenzaban las misas. Los alimentos o el dinero con el que se adquiría la comida de este ágape procedían de la donación de los vecinos. A tal efecto, unos días antes del ’Quixalet’, los monaguillos recorrían las calles y fincas del pueblo revestidos con sotana y roquete portando capazos y una campana que hacían sonar al llegar para avisar a los habitantes de la casa de que iban a recolectar para el ‘Quixalet’. El resultado final era una espléndida y suculenta cena en ‘el cuarto vell’ de la iglesia el día 1, al que seguía un almuerzo similar el día siguiente, refrigerios en los que nunca faltaban chuletas, longanizas, morcillas y tomate frito regado con un buen vino, a los que sucedían los postres con frutas y membrillos. En teoría las donaciones de los vecinos eran una especie de pago a los campaneros y ayudantes por su servicio al hacer sonar las campanas y así recordar a los difuntos y recordar a todos la obligación de rezar e ir a misa estos días.
En la iglesia se celebraba la liturgia propia de los difuntos con la Novena de Almas. En el altar mayor de la parroquia se colocaba un túmulo funerario de cuatro pisos con telas negras en las que aparecían bordados alusivos a la muerte con calaveras y esqueletos con guadañas, relojes de arena o frases mortuorias. Aquel macabro armatoste que superaba los 7 metros de altura estaba además iluminado con antorchas, puesto que el templo permanecía en penumbra, mientras se entonaban cantos fúnebres y las campanas tañían los toques de difuntos. Remataba el túmulo una gran cruz blanca. Era un recurso perfecto para atemorizar a cualquiera, a lo que hay que unir las fechorías de los bromistas, niños especialmente, que se escondían bajo las telas y hacían sonidos de ultratumba o movían los esqueletos. En la actualidad, estos rituales han desaparecido de la celebración.


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