Antigua entrada por la Avenida. de Alcoy del Chalet del Obispo (Alicante) año 2004 RF A56
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Estado actual del espacio que ocupaba la entrada del Chalet del Obispo (Alicante) año 2008
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El chalet del Obispo
La nueva sede del Obispado, situada en la avenida de Alcoy 149 e inaugurada oficialmente y bendecida por el Nuncio de su Santidad, Manuel Monteiro de Castro, siendo obispo de la diócesis Rafael Palmero Ramos, tiene una bonita historia que no todos los alicantinos conocen y que merece la pena.
En el solar donde se levanta la moderna y funcional edificación, diseñada por el arquitecto Ángel Gambín, existió hasta no hace mucho un amplio chalé construido en las primeras décadas del siglo XX, al que los alicantinos conocían por el Chalé del obispo, por ser residencia del prelado alicantino.
Su propietaria era una señora multimillonaria de Novelda, llamada Luisa Gómez Tortosa, a quien sus paisanos conocían cariñosamente por La Pichocha. Esta señora, que falleció hacia los años setenta del pasado siglo, soltera y sin descendencia directa, legó la mayor parte de su fortuna a sus sobrinos, dejando otra parte de la misma a la Iglesia y otras instituciones, como el Ayuntamiento de su ciudad natal, Novelda, al que tocó, entre otras, una finca en la plaza de España, donde se instalaron os Juzgados, y una casa de estilo modernista en la calle Mayor, para que se instalara el Archivo Municipal. La señora Gómez Tortosa poseía otras varias fincas en el mismo Novelda, La Romana y Alicante.
El chalé de la alicantina avenida de Alcoy fue poco utilizado por la familia de doña Luisa, motivo por el que decidió cederlo al Obispado como Residencia Episcopal, cuando hacia el año 1925 la Santa Sede mandó que el entonces obispo de Orihuela, el vasco Francisco Javier de Irastorza y Loinaz, tuviera su residencia en Alicante, centro geográfico de la diócesis, con sede en Orihuela.
Sin embargo, el doctor Irastorza prefería pasar los veranos en la finca Don Álvaro, que Jesús María tenía en la Santa Faz, donde recibía las mejores atenciones de las religiosas que le hacían encontrarse como en su propia casa.
Cuando en 1935, en el preludio de la Guerra Civil, gentes incontroladas incendiaron los templos y bienes de la Iglesia, el obispo Irastorza y Loinaz obtuvo un permiso de la Santa Sede de dos años y marchó a San Sebastián, su ciudad natal.
Allí le sorprendió la contienda bélica y pudo librarse de las persecuciones. Pero no así el abad de San Nicolás, Juan de Dios Ponce y Pozo, que, nombrado administrador apostólico en ausencia de Irastorza, fue sacrificado.
Finalizada la guerra, Irastorza regresó a Alicante y continuó su prelatura hasta 1943 en que, sintiéndose enfermo, fue a morir a San Sebastián, pero sus restos fueron trasladados a Orihuela para su inhumación en la catedral.
15-Julio-2007
La Verdad Digital - Tirso Marin